viernes, 14 de octubre de 2022

Las aguas de las visiones

 Desde la antigüedad siempre se ha hablado de extrañas agua que producían visiones. En diversos lugares por todo el mundo han aflorado ya fuese en pequeñas y profundas pozas, en oscuras y ocultas cuevas o en pequeños lagos en el corazón de una gran selva. Se intentó aprovechar su poder de diversas maneras, se hicieron pozos de los deseos, o canalizaron el agua para hacer fuentes, o crearon espejos que usaban su magia, o bolas de cristal…
 Aquellos artilugios mostraban el presente de otras partes del mundo, mostraban el pasado y en algunos casos mostraban el futuro. Pero ninguno aseguraba ser la versión correcta. Lo que de verdad hacían era mostrar aquello que el observador quería ver. No siempre la verdad y la realidad es uno deseado.
 Con el paso de las generaciones todos los pueblos que estuvieron en contacto con los manantiales de esta profunda magia descubrieron el problema, vieron que era un error abusar de ella. Pues cuanto más se miraba, más se quería ver. El pozo, o el lago, o la fuente, o el espejo eran cada vez más certeros con lo que mostraban a cada uno. La vida se perdía en horas y días dedicados a una actividad infructuosa. Había que usarlo con moderación. Pero aquellos que se dieron cuenta de su peligro también se percataron que la naturaleza humana llevaba irremediablemente a su abuso. Así que poco a poco se les fue apartando, maldiciendo, escondiendo de la sociedad. Se formaron cuentos, mitos y leyendas que mostraban un destino fatídico a quien osará buscar y encontrar aquellas aguas.
 Aún a día de hoy se conservan algunos de aquellos relatos y siempre hay quien se lanza a la búsqueda de aquellos arcanos y abandonados lugares. Pero la magia de esas aguas, igual que todo en el universo, no se destruye, solo cambia y se adapta. Buscó otra manera de encerrar las mentes sobre ella, de atrapar la atención sin dar nada a cambio, de embotar los sentidos y nutrirse del tiempo robado, de los días malgastados, de los remordimientos y las culpabilidades que ella misma fomenta.

El muchacho apagó la pantalla de su ordenador dispuesto a irse a la cama, llegó con la del móvil encendida. Y poco después se durmió, iluminado aún por aquella luz artificial. Las horas transcurrían frente a aquellas pantallas que le mostraban lo que deseaba ver. 

Y los días se sucedían como paginas de un libro en blanco.

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