miércoles, 20 de marzo de 2024

La Gran Unión

 El origen de aquella liga de pueblos se perdía en los anales de la historia. Los textos antiguos hablaban de miles de años. En origen pocas naciones estaban bajo aquella unión, pero eran inseparables. Tenían lenguas distintas, culturas distintas, incluso su aspecto distaba completamente unas de otras, pero estaban unidos profundamente y no había objetivo que se propusieran que no fueran capaces de lograr.
 Una nueva reunión ocurrió aquel día. Se trataba de una mañana tranquila y apacible cuando la luz blanca los invocó. Las distancias entre los pueblos eran demasiado grandes como para confiar en mensajeros a cambio habían desarrollado aquel sistema. Todos tenían una gema que brillaba con una inconfundible luz blanca cuando se convocaba una reunión. Por la intensidad parecía ser una ocasión especial.
 El lugar de reunión era un inmenso coliseo circular con vistas al cielo. Los primeros pueblos en presentarse llegaron prácticamente a la vez. En aquel momento eran tres los reyes que se juntaban en el centro del estadio para hablar frente a las gradas repletas de sus compatriotas.
—Amigos míos, es un placer volver a veros, aunque sean momentos aciagos —. La primera en hablar fue la reina blanca de Farin. Era el pueblo más numeroso de los allí reunidos.
—El sentimiento es mutuo, sabia reina —respondió el príncipe Clodio de la nación costera. Aportaba pocos individuos en la mayoría de las ocasiones, pero su fiereza era famosa en todos los rincones del mundo—. Aunque desconozco cual es la amenaza en esta ocasión.
—Es lógico, tu reino es el más alejado y en el problema que nos atañe tu pueblo sufrirá menos que el resto —habló el anciano Levo, sabio líder de un antiguo y a la vez moderno pueblo. Tenían una fuerte tradición arraigada en sus orígenes en cuevas y galerías bajo las montañas, pero habían desarrollado tecnología que les permitía lograr su labor en condiciones completamente opuestas a las naturales y en menor tiempo. Pese a ser anciano el hombre estaba allí representando las modernas técnicas. Sus fuerzas nunca eran las más numerosas pero desde luego siempre eran las más importantes. Su magia convertía a todos los guerreros de todos los pueblos en uno solo, en un ente indivisible e imparable que aumentaba y crecía frente a cualquier adversidad.
—Parece ser que se trata de una gran sequía —comentó la reina—. Una ola de calor como no se ha visto en mucho tiempo. Si las informaciones son ciertas incluso otros pueblos se unirán hoy.
—Hallaremos la manera de soportarlo y saldremos reforzado —dijo con ánimo el príncipe

 Arrastrado por el viento llegó una serie de ruidos secos, crujidos sin ritmo aparente. Acto seguido comenzó un ensordecedor sonido. Eran cientos de tambores metálicos tocando a un ritmo demencial. Pesé a tener una gran potencia parecían amortiguados en la distancia.
—Esos dos se han reunido antes —dijo el príncipe interpretando aquel sonido.
—Ya sabes como es el pueblo de los gigantes dorados, no pierden el tiempo y en cuanto pueden comienzan su música de reunión —respondió la reina.
—Tampoco me sorprende que mis amigos de las montañas se les hayan unido tan prontamente —dijo con un deje de desdén el príncipe.
—Deberías abandonar esas rencillas del pasado. La montaña y el mar siempre enfrentados, ellos con el numero vosotros con la calidad. Aunque seáis opuestos os parecéis demasiado.
—En cualquier caso creo que deberíamos acercarnos nosotros en esta ocasión —interrumpió el sabio anciano —tengo curiosidad por ver al nuevo aliado.
 Los tres pueblos partieron hasta acercarse al otro estadio donde se habían reunido sus compañeros.
—Mirad, al este, son aquellos —advirtió el príncipe.
 Se trataba de un grupo numeroso, no tanto como el de la reina pero desde luego no eran pocos. Iban ataviados con ropajes anaranjados y sus armas eran lanzas y astas del color de la madera. Vieron como entraron cuando el ritmo de los tambores metálicos comenzó a descender.
—Creo que es nuestro momento —dijo el anciano.
 El grupo avanzó para reunirse con sus aliados, tanto viejos como nuevos y juntos encarar la nueva crisis que se acercaba.
 Estuvieron reunidos durante lo que pareció una eternidad, pero alcanzaron una buena solución, cada uno aportaría lo que mejor tuviera y recibiría lo que carecía. La sequía podría acabar con cualquiera de ellos por separados, los arrasaría como un fuego descontrolado. Pero juntos, con aquellas rutas de comercio y aquellos acuerdos... Serían imparables. La unión llegó a un nuevo nivel, nunca habían estado tan cerca de ser un único pueblo como aquel día.
 Y como si los dioses les hubieran respetado aquella reunión en cuanto el pacto fue puesto en marcha el calor llegó.
 Horas después aquellos reinos separados se convertían en uno gracias a la adversidad de un calor infernal. Cuando el tiempo necesario había pasado el hombre sacó del horno el primer bizcocho de zanahoria que cocinaba, había quedado una unión perfecta de todos los ingredientes.


miércoles, 6 de marzo de 2024

Dama en apuros

 Sus gritos de auxilio recorren mi cabeza. Mi dama me necesita y yo estoy lejos de poder salvarla.
 Comienzo a correr sin descanso. Mi cabeza me tortura con escenas desesperantes. Veo a mi doncella perder la luz de su mirada. La veo agonizar con aquella voz aguda que le sale en momentos de nerviosismo. La veo abandonando todos aquellos artes que me enamoran de ella. Deja sus pinturas por falta de energía. El cansancio y el pánico se encargan de silenciar sus cuerdas vocales. Pienso que no me podrá volver a cantar aquella canción que me despierta cada mañana y me entran ganas de llorar. Pero soy fuerte y me impongo al dolor. Me impongo a aquellas imágenes que tratan de menguar mi animo. Llegare a tiempo, la salvaré, me digo a mi mismo. Y si no… No quiero pensarlo, perdería una parte de mi vida.
Así que corro, esquivo a las gentes que no parecen entender, ni ver mi urgencia. Me arriesgo a pasar entre las bestias que ocupan el lugar. Todo para tratar de llegar a la cuadra y coger mi caballo. El bulto de mi espalda parece pesar varias toneladas cuando a cada zancada me golpea. Lamento de no haber sabido tratar mejor a mi dama, aquella que sigue gritando tan cerca y a la vez tan lejos de mi.
 Llego a la cuadra antes de que se marche el último mozo. Convertido en un saco de sudor colocó la carga en las alforjas de mi montura y me subo a ella tras pagar por su servicio al joven. Este me responde con una mal gesto. He sido brusco y descotes, no entiende la urgencia que siento.
 Un nuevo lamento de mi amada se clava en mi cabeza, un nuevo grito agudo y desesperado de socorro. Aguanta, solo un poco más, le digo, pero no me oye, no puede.
El camino no es muy largo pero cada metro es un condena para mi. Es mal momento para los viajes rápidos cientos de comerciantes con sus grandes carretas entran y salen de la ciudad a la vez. Poco a poco consigo hacerme con un hueco. Mi caballo es grande y eso resta maniobra, me lamento de nuevo y pienso que no voy a llegar. Pero por fin tomamos el camino principal. Por fin puedo correr al galope. Esquivo los viajeros que van más lento que yo, algunos tratan de increparme, pero no los oigo, solo pienso en mi objetivo.
Mi dama se apaga lentamente, lo noto, ya no canta, ya no pinta, su luz le abandona, solo tiene fuerzas para quejarse. Y como si me leyese el pensamiento me envía un nuevo quejido.
 Tengo que parar a tomar aliento y que mi montura beba un poco de agua y aquellos minutos me desesperan. Hasta los quejidos son más suaves ahora. Cuando reanudo la marcha siento que le queda poco de vida a mi dama. Corro todo lo que puedo exprimiendo al máximo mi montura.
 Cuando veo mi destino asomar por el horizonte un escalofrío me recorre el cuerpo, llegaré. Me bajo del caballo y corro a mi hogar donde curaré a mi amor.
 Entró por la puerta y no me molesto en saludar a mi madre. Asciendo por la torre saltando los escalones de dos en dos.
 La habitación esta oscura y no tengo tiempo ni para iluminarla así que uso la escasa luz de mi dama, arriesgando el 2% de batería que le queda para encontrar el cargador y así, al fin, salvarla.

martes, 14 de marzo de 2023

La voluntad y los dioses

 —¿Qué pueden hacer los mortales frente a las decisiones de los dioses?

 El hombre era enjuto, redondeado y empequeñecido por la edad, no había nadie más sabio ni más anciano en todo el reino. Poseía una inconfundible marca en forma de espiral que le recorría todo el costado izquierdo, desde la cintura hasta la mejilla. Tenía tantos años que parecía que en cualquier momento moriría, en cambio cada mañana se levantaba con energías renovadas.

 Todos los días se sentaba en la plaza del pueblo a media mañana. A su alrededor se congregaba un grupo de personas de lo más variado. Había muchos niños, jóvenes e inocentes criaturas que miraban con fascinación a aquel anciano. Había mayores como él, que les gustaba ver a aquel hombre plantear debates filosóficos que ellos mismos se cuestionaban por dentro. Lo que menos había era atareados adultos, demasiado pragmáticos para sentarse a hablar sobre cosas que no iban a poner un plato encima de la mesa. Aún así, siempre que se acercaban a la plaza prestaban atención al anciano mientras realizaban sus quehaceres.

—¿No se os ocurre nada? ¿Qué podemos hacer frente a los dioses?
—No podemos hacer nada —respondió un joven apocado.
—Claro que sí, podemos, somos dueños de nuestro destino —le respondió un muchacho enérgico.
—Pero no puedes desafiar a los dioses —dijo otro.
—¿Quién me lo impide? —preguntó, altivo.
—Son mucho más fuertes, no hay nada que puedas hacer, solo rezar porque no alteren tu camino —respondió el joven tímido.
—¿Y porque es malo que alteren tú camino? —preguntó el anciano.
—Bueno, no sé, si tú quieres hacer algo y un dios decide por ti, no puedes hacer nada. Tendrás que resignarte y sufrir las consecuencias —respondió el joven.
—Yo lucharía, no dejaré nunca que ningún dios decida por mi —dijo con fuerza el enérgico joven.
—Da igual lo que quieras, no puedes hacer nada si llega la ocasión —respondió uno de los niños.
—Tiene razón, lo mejor es seguir con tu vida cruzando los dedos para que no te toque a ti —dijo el tímido.

 El silencio pareció sentarse como uno más en el corrillo de niños, cuando el valiente joven no supo como seguir con su perorata.
—Ambos tenéis razón —dijo un hombre a sus espaldas.
Portaba una gran mochila y una profunda sonrisa sobre su oscura tez.
—Un nómada —dijo el hombre mayor —siéntate con nosotros y cuéntanos de tus viajes.
—Podría hacerlo, honorable anciano, pero quiero responder a estos jóvenes que se debaten entre la resignación y el conflicto.
—Por favor —le invitó el anciano con un gesto.
—He viajado mucho en mi vida. Mi pueblo esta al oeste a muchas lunas de lento avance. Hace tiempo que decidí seguir el cauce de este río para ver a donde me lleva. Esa fue mi decisión, ser un nómada e ir a donde me plazca, a donde me lleve el sendero, o el viento, o el río. Observando pueblos y ciudades, valles y montes, cuevas y bosques. Compartiendo el alimento con animales y hombres por igual. Ese es mi camino y por supuesto que un dios puede aparecer ahora mismo y cambiar por completo mi ruta y mi vida, todas mis circunstancias. Pero lo que los dioses no pueden cambiar es mi esencia —dijo tocando con el índice el pecho del muchacho apocado—. Si un día llega un dios o la vida misma y cambia tu mundo por completo puedes resignarte y seguir el nuevo destino que parece que te han impuesto y dejarte arrastrar por la corriente o puedes luchar inútilmente por cambiar el sentido del río y que corra en la dirección que tú deseas —dijo mirando al joven valiente—. O puedes aceptar la nueva situación y si ahora el río te lleva en otra dirección siempre puedes remar para acercarte a una orilla o a la contraria, a un pueblo o a un bosque, o bajar hasta el mar. Pero siempre puedes decidir que hacer o que no hacer, eso no hay dios que lo modifique.

 Un silencio respetuoso recorrió la plaza, solo interrumpido por el constante ruido de la catarata que daba fama a aquella ciudad.
 Como si de una obra bien ensayada se tratase, los dioses se manifestaron de nuevo tras mucho tiempo sin hacerlo. El mayor llegó primero y tras él, su hija, la que más intervenía en los asuntos mortales. 

 

 La niña cogió una de las piedras de la orilla, era oscura y grande. El hombre cogió otra que le llamó la atención, era pequeña, clara, redondeada por el agua y tenía el fósil de un caracol en un costado. La niña tiró su piedra al río y soltó una carcajada al ver como saltaba el agua, cambiando por completo el camino y la ruta que tenía pensada aquella nómada y oscura piedra.