viernes, 23 de diciembre de 2022

Los que se quedan en Mativic

    De todas los pueblos, villas y ciudades que había visto en sus incontables viajes ninguno le pareció tan hermoso como Mativic. Era una villa prospera cuyas calles se ramificaban desde el mismo camino que le había llevado hasta allí y que hacía de eje principal. No era una villa extensa, ni ostentosa, ningún edificio superaba las cuatro alturas, ni se veía castillo o palacio alguno. Era una villa de paso, de viaje, prospera por su ubicación y hermosa por ello mismo.
    Mativic se hallaba al final de la peor ruta que Nidael había recorrido en toda su vida. La Senda del Dolor, el Camino de la Noche, la Ruta de la Muerte… Tenía muchos nombres y todos acertados y apropiados. El viajero no quiso pensar en lo que dejaba atrás y se centró en el hermoso lugar que se mostraba ante él.
    El sol del verano comenzaba a ponerse cuando dejó los últimos restos de la tierra negra que llevaba semanas sufriendo, no quería volver la vista atrás por miedo a verse atrapado de nuevo en ese nido de sombras, dolor y sufrimiento. Estaba aliviado como nunca lo había estado y nunca más lo estaría.
    Antes de que el sol dejase de iluminar la tierra el viajero entró en la primera posada que vio. Cenó caliente, tras mucho tiempo, y pagó por que le calentasen agua para darse un buen baño. Aún húmedo se acostó en la cama más cómoda que había conocida en su intensa vida y durmió en paz, por primera vez en mucho tiempo.

 
    Se despertó, pasado el medio día, descansado y con hambre. Tras llenar el estómago se dedicó a conocer Mativic. Poco tiempo llevaba recorrer todas sus pequeñas calles, pero Nidael fue a paso tranquilo. Por momentos se detenía en una esquina o se sentaba en el suelo o en un banco a observar la vida a su alrededor. La población local era una mezcolanza de cultura y etnias de todas partes del mundo. Se oían idiomas extraños, rezos a dioses que él desconocía y canciones que le fascinaban. Era un lugar lleno de vida. Fácilmente se distinguían a los viajeros como él, demacrados por la senda de dolor que habían recorrido. Nadie llegaba a Mativic desde el Este.
    Era un lugar hermoso, acogedor, quizás un buen lugar donde residir. El viajero negó con la cabeza para si mismo. No, el camino era su hogar, debía seguir avanzando, pero quizás una temporada en aquella villa sería bueno para su maltrecho cuerpo y su agotado espíritu.
     

    Al anochecer volvió a la posada. Habían montado varías mesas fuera para aprovechar la buena temperatura de la noche estival y la cerveza, la hidromiel e incluso el vino, corrían de mano en mano a buen ritmo. Decenas de personas hablaban en un idioma común con tantos acentos distintos como bocas.
    Nidael no lo dudó, cogió la primera jarra de hidromiel que tuvo al alcance y buscó un buen lugar donde sentarse. A su lado un joven de pelo teñido le sonrió y le invitó a brindar.
    —Arri Ceum —dijo con una sonrisa cuando su jarra llegó a la mesa.
    —Nidael —respondió el viajero.
    —Encantando, ¿dónde comenzó tu camino, Nidael?
    —Soy de un pequeño pueblo del norte de Asudi.
    —¿De que pueblo?
    —Es una aldea muy pequeña, en el valle del río Lambre.
    —Espera, espera, ¿lo dices en serio? Somos del mismo valle amigo mio.
    —No me lo puedo creer —respondió con una sonrisa Nidael.
    —Yo sí que no me lo creo, un vecino, aquí, tan lejos de casa. Eso merece otro brindis —exclamó Arri alzando su jarra.
    —Bueno, todo camino tiene sus sorpresas. El mío me trajo aquí, como a ti supongo.
    —Así es, llevo un par de meses por Mativic, es un lugar maravilloso —dijo Arri con un brillo en la mirada.
    —En especial por lo que dejas atrás —respondió en un escalofrío.
    —Horrible —el rostro de Arri se ensombreció, y aquel brillo se convirtió en lágrimas a punto de derramarse—, sufrí mucho en aquel camino lleno de recodos, sombras y tierra negra. Perdí a muchos conocidos. Pensé en volver atrás varias veces y solo logré perderme y dar vueltas, y maldecir mis decisiones, aún lo hago…
    —Nunca se puede volver atrás. Siempre se ha de avanzar, el camino lo dejamos atrás.
    —Tienes razón, pero envuelto en aquella oscuridad y con tanto dolor uno no piensa con claridad.
    Finalmente una lagrima resbaló por el rostro de Arri y Nidael detuvo su avance con un gesto que se convirtió en caricia. Tenía una belleza curiosa, era hermoso en su pura imperfección y tenía la sensación de que ya se conocían de antes. Arri ladeó la cabeza para alargar el contacto de la caricia, y le regalo una mirada que terminó por borrar las dudas de Nidael, le besó.
    Fue un beso corto, de prueba, una pregunta, Arri respondió con uno largo y profundo. En efecto, se conocían de antes, aunque fuese la primera vez que se veían en sus vidas. Nadie más podía haberse cuenta de la diferencia. Era como una farsa ensayada entre dos actores. ¿Cómo podía ser lo completamente nuevo algo ya conocido? ¿Quizás solo era por ser compatriotas? Nidael decidió que las preguntas las dejaría para momentos de soledad y simplemente se regaló al momento.
    En algún punto de la noche habían terminado en una cama, por el camino se habían contado su vida. Habían comparado cicatrices y dolores. Y se habían amado, de la extraña manera que puedes amar a un perfecto desconocido o a un amor perdido de muchos veranos atrás.
    Ambos desayunaron y pasearon por la villa juntos. Arri le enseñó sus rincones favoritos, donde estaba el mejor cocinero, donde se ponían los artistas, el lago cercano rodeado por un hermoso bosque… Conocía muy bien aquel lugar y Nidael no pudo evitar amarlo, tanto a aquel hombre como a aquella villa.
    “Es el sol tras la noche”, decía Arri sobre la villa, “y tú eres mi sol”, añadía en la intimidad de las caricias.

 
    Los días fueron pasando. Nidael se instaló en la habitación que tenía alquilada Arri y la idea de estar en Mativic cada vez era más atractiva. Era un lugar diverso y acogedor con todo el mundo. Aquel hombre, de su misma tierra, que también era un viajero, reforzaba la idea de quedarse un tiempo, de recuperarse mental y físicamente para retomar el camino juntos.
    El sol siguió haciendo su recorrido día tras día, semana tras semana y el verano se acabó y dio paso al otoño. A las puertas del invierno Nidael llevaba cinco meses en Mativic, nunca había estado tanto tiempo en un mismo lugar. Comenzaba a sentir la llamada del camino.
    —Creo que es hora de que retomemos el viaje.
    —Aún es pronto —respondió Arri como si le hubieran clavado un puñal —además se acerca el frío.
    —No es el primer invierno que vivo de viaje.
    —Yo también los viví, pero con todo lo que hemos pasado para llegar aquí y lo hermoso que es este lugar.
    —Han pasado meses ya, las heridas han sanado, es hora de seguir el camino, juntos.
    —Tus heridas eran menos profundas de lo que son las mías, he perdido a muchos. Di muchas vueltas en aquel paraje de rocas afiladas. Aún noto sus filos cortándome por mis errores. Yo aún no estoy curado —respondió entre temblores.
    —Sí, es cierto, tú has sufrido más, pero ahora no estás solo. Sigamos persiguiendo el horizonte juntos.
    —¿Para qué? No encontrarás mejor lugar que este. Aquí podemos tener una vida plena los dos. ¿Porqué ir a lo desconocido? Aquí estamos a salvo.
    —¿Y ver como otros avanzan por el camino, ver a la gente pasar, conocer a personas que solo estará unos días y se irán?
    —Esa es la maldición de mi vida, la gente nunca se queda conmigo, siempre me la arrebatan, porque no compartir esa carga con un lugar hermoso como este. Además, esta villa es donde conocí al amor de mi vida, donde te conocí. No quiero dejarla.
    Nidael no supo que responder. Arri no era el amor de su vida, no todavía, para ello tendría que vivirla con él. Pero su vida estaba en el camino, en la persecución del horizonte, en la suma de versos de distintos lugares que completaban su propia canción. No, sabía que no podía quedarse allí y Arri tampoco debía.
    En los siguientes días el viajero se vio colmado de gestos de amor, recibió obsequios, le prepraba su comida favorita y las caricias y los besos eran constantes. Aunque Nidael lo agradecía, su mente ya no estaba allí. No podía negarse a su misma esencia, a lo que sabía que era correcto. Él ya estaba en el camino.
 

    Fue una mañana, en la que se despertó antes que el Sol. Dejó a Arri en la cama, tratando de no despertarlo y con toda la suavidad de la que fue capaz comenzó a rehacer su mochila de viaje.
    —Me vas a dejar, verdad —dijo la voz de Arri desde la cama. Seguía de lado, mirando en otra dirección.
    Nidael suspiró y se volvió para verlo.
    —Voy a seguir el camino. No te dejo a ti, te pido que vengas conmigo.
    —Sabes de sobra que no puedo, que aún me duele. Y aún así me dejas —Arri seguía de espaldas a él.
    —El camino que hemos dejado atrás no es el mismo que tenemos por delante y ahora no estamos solos, no estás solo.
    —El camino que yo recorrí fue más largo que el tuyo, si hubieras pasado lo mismo lo entenderías.
    —Claro que lo entiendo, lo has pasado peor, has sufrido como el que más. Pero eso está en el pasado.
    —Lo está para ti. Como lo estoy yo, por lo visto. Márchate, no finjas que te duele dejarme atrás.
    —No estás siendo justo.
    —Tú tampoco —dijo Arri incorporándose y mirando por primera vez a Nidael, con los ojos llenos de lágrimas—. Para ti es fácil, no has perdido a nadie. Estuviste solo, sí, pero yo perdí a las personas que más quería en esa tierra negra, di vueltas buscándolos a ellos, al camino de regreso. Me perdí a mi mismo. Tardé meses en salir de allí y encontrar este lugar. Este amanecer tras la noche más oscura, este oasis tras el desierto. Y tú quieres que deje el lugar en el que mejor me he sentido cuando aún no me he recuperado.
    —Si sigues aquí nunca te recuperarás, los oasis están en mitad del desierto no tras él.
    —No todos somos tan fuertes como tú, viajero solitario. Márchate. Déjame como lo hacen todos. Creía que eras mejor que el resto. Y aún con todo te amo, siempre te amaré. Nuestras almas están vinculadas. Volverás aquí.
    Nidael se colgó la mochila de los hombros.
    —Nadie viene a Mativic desde el este, solo hay un sentido en este sendero. Te quiero, pero no puedo quedarme por siempre. El camino me llama. Desearía que vinieras conmigo, pero si tu decisión es quedarte no puedo hacer más que respetarla y desearte lo mejor.
    Arri soltó un grito de angustia.
    —No me dejes, tú no, Nidael, mi sol, mi amor.
    —Yo no te dejo, igual que tú no me dejas a mi —se esforzó por no romperse, por aguantar aquel trago, era lo mejor, lo sabía, pero dolía—. Han sido unos meses estupendos, pero el camino avanza y nuestros pasos se separan. Adiós, que la vida te escriba bonito.
    Nidael dejó la habitación, la casa, la calle, la villa con el corazón en un puño.
 

    Al cabo de una leguas, y desde lo alto de una colina, volvió la vista atrás una única vez. No le gustaba hacerlo, el camino siempre estaba por delante, pero necesitaba despedirse de aquel lugar. Mativic se mostraba pequeña en la distancia. Una pequeña villa de paso que no tenía nada especial salvo su emplazamiento. Desde allí no era tan hermosa, no era tan acogedora. Solo era una agradable parada en el camino. 

    Pero si te descuidabas podías verte atrapado en ella mientras lamías las heridas del viaje y, quizás, confundir un oasis con un hogar.