miércoles, 19 de octubre de 2022

El héroe que se cansó

 El salón del trono, antaño lleno de luz y color, estaba oscuro, decorado con los colores que el tirano había elegido como propios. Pero él le devolvería su antiguo resplandor, ese era su destino, su deber.
—Así que tú eres el líder de todo esto, un simple aldeano —exclamó el usurpador con arrogancia.
—No soy un simple aldeano, y tu reinado del terror termina aquí —dijo el héroe con seguridad.
Lanzó a un lado la sencilla espada que había portado en el asalto al castillo y desenvainó la hoja que llevaba cruzada a la espalda.
Mientras aquel filo resplandeciente salía de su vaina, mientras frente a él se hallaba el causante de tanto dolor y sufrimiento, a su mente le dio por recordar su vida.
Había crecido en una pequeña aldea con unos padres sencillos. Luego llegaría la guerra y el alistamiento forzoso. Los meses de formación se perdían borrosos en su memoria, pero recordaba nítidamente la primera batalla. Aquella emboscada perpetrada por los hombres del tirano. Volvió a sentir el flechazo que lo derribó y el sabor a barro que lo recibió en el suelo. Le dieron por muerto, uno más de aquella masacre.
Le salvó un viejo ermitaño que vivía apartado en las montañas. Le sanó las heridas, le contó la historia del reino, le habló del antiguo linaje de los Reyes Blancos y como este se había perdido, de la espada legendaria cuyo mágico poder solo estaría al alcance de alguien con verdadera sangre real.
Junto al anciano conoció de primera mano el sufrimiento del pueblo. Se vieron envueltos en un ataque de las tropas enemigas y su maestro se sacrificó por él. Con el último aliento le confesó que era su verdadero padre, que lo había observado en la distancia desde niño y que era el único descendiente con vida del antiguo y regio linaje.
El héroe volvió al hogar y encontró su aldea arrasada, su casa ocupada por los cadáveres de quienes le habían criado. Halló un cofre dentro del cual había un pergamino, un pequeño mapa y el escudo de los Reyes Blancos.
Así comenzó su viaje para reclamar la espada de sus antepasados y poder enfrentarse al terrible mal que asolaba el reino. Pronto se le unió un ladrón con mejor corazón de lo que le gustaba reconocer. Luego un sacerdote vividor, en continuo enfrentamiento con su fe. Después conoció a la resistencia y a su capitán de férreos valores y alto sentido del honor y la justicia. Y la conoció a ella, a la mujer que le atrapó el corazón. Cuando al fin llegaron al lugar donde reposaba la Espada del Alba, el tirano atacó. Perdieron irremediablemente, su amor fue secuestrada que además resultó ser la única hija del usurpador.
Aquello le hizo disipar las dudas que tenía y abrazó su destino, el deber de enfrentar al mal que asolaba el reino y ocupar su lugar como heredero de los Reyes Blancos. Las batallas se sucedieron, cada vez eran más en número y en fuerza. Y al final lo lograron, allí se hallaba, en el salón del trono de sus antepasados, frente al tirano que tanto mal le había causado a él y al pueblo. Rodeado de sus amigos y compañeros, empuñando la Espada del Alba, que resplandecía con luz propia en contacto con la sangre real. Entonces se dio cuenta de todo y estalló.
—¿Y ahora tengo que matarte y sentarme en el trono? ¿Sabes que te digo?, que a la mierda—. El héroe tiró al suelo la espada frente a la paralizante sorpresa que sacudió a los presentes—. Yo no quiero reinar, y menos tras este conflicto. ¿Arreglar el reino y recuperarlo? Que lo haga otro. Y piénsalo, ¿qué hacer con los señores que te siguieron y sus familias? No, no, paso.
>>¿Cumplir mi deber y liberar al pueblo de la opresión? Mira que el pueblo se libere solo que ya es mayorcito. Yo no quiero, que le den al trono y al linaje real. Joder, es que tendría que matarte y no me apetece. Además eres el padre de la mujer que amo. Que esa es otra —dijo volviéndose a la joven cautiva— a ver si resuelves los problemas de identidad que tienes con papá. Eres una persona independiente, no tienes porque parecerte a él, pero eso no implica que reniegues de tu origen. Si no te llega a raptar, yo no me entero. ¿Cuándo me lo pensabas decir? ¿Cuándo estuviera a punto de matarlo? “Por favor, no lo hagas que es mi padre”. A la mierda el tirano y su niña.
El héroe se dio la vuelta, nadie se movía.
—Y tú, no me mires así y para de fingir. No engañas a nadie, ladronzuelo, eres el más bueno de todos nosotros así que abandona ese rollo de ser malo, no lo eres.
>>Y tú, sacerdote, reza a tu dios como te de la gana, deja de llorar tanto por ser un pecador. No te bases en lo que dijo un señor como tú hace doscientos años. ¡Joder! Haz una doctrina nueva y a tomar por culo.
>>Y tú, capitán de la resistencia, no me mires con ese ceño fruncido, eres el que más se tendría que alegrar por todo esto. “Lo hago por la justicia y por salvar al pueblo”, una mierda, lo haces porque quieres poder. Pues venga, el trono es todo tuyo, yo paso.
El héroe comenzó a caminar hacia la puerta por la que había entrado.
—Ni linaje, ni trono, ni venganza, ni deber, ni hostias. Uno está con su vida sencilla y tranquila en el pueblo y viene el Destino a joderlo todo. ¡A la mierda el destino! Me voy a la montaña, con un puñado de cabras. Mejor aguantar carneros que mendrugos como estos…

<Se dice que el héroe siguió refunfuñando durante más de un lustro.>

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