| Epidemia de baile de 1518 Grabado de Hendrik Hondius |
Hoy es el día
número dos millones doscientos mil doscientos sesenta y seis de la
Tierra. Que el mal se adueñe de su corazón y tenga un día horrible.
Azremet soltó un largo suspiro producto de la exasperante rutina, de lo monótono de su vida. Salió de su nada acogedora celda con vista a las torturas del segundo círculo del infierno, con la alarma del nuevo turno de trabajo. Tenía el turno nocturno desde hacía cinco siglos. Por la noche era mucho más sencillo llevar a cabo la corrupción humana, pero los grandes trabajos que provocaban un gran mal siempre ocurrían de día.
Se vistió con sus peores prendas y un día más se unió a la masa de demonios que, colmados de los siete pecados capitales, se dirigían a su puesto de trabajo. Muchos no salían del círculo en el que vivían, donde torturaban las almas de los condenados de maneras horriblemente satisfactorias. Algunos trabajaban como sirvientes o ayudantes de los nobles señores, de los archidemonios y sus afines. Otros eran agentes de campo, como Azremet, su objetivo era atraer el mayor número de almas a su bando. Era un agente más en el gran juego de recolección entre el cielo y el infierno, como si se tratase de un gigante tragabolas con solo dos hipopótamos.
Azremet se aburría en su trabajo. Los primeros siglos habían sido divertidos, jugando con la esencia humana, comprendiendo sus fallas. Pero el tiempo le había demostrado dos cosas, que los humanos no tenían tanta profundidad como parecían y que eran mucho más eficaces provocando el mal que los demonios que trataban de corromperlos. Aun así se acercó a la ventanilla de la estación que había en el segundo círculo, le sellaron la ficha de trabajo que lo identificaba y ataba al infierno y recibió una lista de almas a las que llevar por el oscuro camino. Con la vista clavada en el suelo se metió en uno de los ascensores destino a la Tierra.
El transporte le llevó a una alcantarilla en la parte más sombría de un callejón sin salida. Hizo una reverencia al gato negro que lo observaba con superioridad y se alejó refunfuñando en contra de sus superiores.
El primer objetivo de aquella noche era una muchacha, Jeanne Keller, con un futuro brillante por delante, pero esa noche tendría la tentación de cometer un pequeño robo con unos amigos que acababa de conocer. Era sencillo, solo había que hacer que arraigase la idea de que sería una única vez. El robo saldría bien, iría haciendo más y acabaría en prisión. Sería una bola más en el estómago del maligno. Se acercó invisible a los ojos mortales y comenzó a susurrarle a su oído izquierdo, era algo que había hecho tantas veces que hasta podía leer mientras repetía las palabras de siempre. Una voz le alertó, al otro lado de la cabeza, una voz más dulce que también susurraba. Era la competencia.
–Eh tú, el pollo –dijo Azremet.
–¿Qué quieres? –preguntó, molesto, el ángel.
–Yo llegué antes, déjamela a mí y yo te dejo el siguiente a ti.
–Lo siento, pero no, no haré pactos con los de tu calaña y menos permitir que una joven tan valiosa se pierda.
Azremet suspiró, no tenía ni ánimo ni ganas de una larga batalla por la influencia de un alma. La mayoría de ocasiones terminaba en un empate que posponía la decisión para otra ocasión. El demonio miró dentro de la mente de su víctima para saber si era tan relevante para un bando como parecía. Buscando entre sueños y ambiciones encontró una idea que resplandecía en su alma, algo como aquello no podía perderse.
–Muy bien, ángel, tú ganas, esta es para los vuestros.
–¿Un demonio rindiéndose a las primeras? Al fin os habéis dado cuenta de que no tenéis ninguna opción.
–Exactamente, buenas noches. Ya nos veremos.
Azremet se alejó de la joven y el ángel con aún más tristeza que antes. Hacía tiempo que no se encontraba con algo que le gustará tanto dentro de un humano. Se fue al bar con peor reputación de la ciudad y se sentó en la barra. Se había materializado en el mundo terrenal como un hombre de mediana edad, robusto, un poco obeso incluso. Vestía de negro y bebía en silencio mirando su copa.
–Azremet, justo al demonio que quería ver hoy –habló una voz a su izquierda, aún tenía un ronroneo felino.
–Hola, Belisar, déjame en paz.
–¿Después de presenciar como dejas que un ángel se lleve un alma sin luchar por ella?
–No merecía la pena –Azremet siguió sin mirar a su interlocutor.
–Toda alma es importante, no sabemos cuál va a decantar la balanza a nuestro favor o al de ellos –dijo señalando al techo–. ¿No estarás cambiando de bando?
–Todos cambiamos de bando en una ocasión.
–Sí, cuando nuestro señor Lucifer fue lanzado al infierno por rebelarse contra la dictadura del Padre. Los ángeles se dividieron y muchos siguieron al elegido en su caída.
–No hace falta que me lo cuentes, estaba allí, caí con Lucifer, como todos y comenzamos esta absurda guerra por las almas humanas.
–¿Cómo puedes decir eso? –exclamó Belisar haciendo una cruz invertida en su cuerpo como protección.
–No te pongas así, ni que hubiera soltado una bendición. Somos rebeldes, cuestionarnos el porqué de las cosas es nuestra esencia, no somos autómatas como los emplumados.
Belisar negó con la cabeza mientras respondía.
–¿Aún no has aprendido la lección? ¿Cuánto tiempo ha pasado ya?
–Cinco siglos, no muy lejos de aquí. Fue hermoso –los ojos, como ascuas, de Azremet se reflejaron en el cristal de la copa recordando el acto del que estaba más orgulloso.
–Menos mal que el maligno intervino a tiempo. Si no llega a poder aprovecharse de lo que hiciste hubieras acabado en un sitio peor.
–No se me ocurre peor condena que seguir haciendo algo que detesto por el resto de los tiempos.
–No te preocupes, todo parece que a los tiempos se les acaba la vida. Pronto nacerá el anticristo.
–Espero que se parezca a la madre –dijo con una media sonrisa Azremet.
–¿Cómo puedes hablar así de tu señor y amo, del príncipe de los infiernos, del portador de luz?
–Pues porque soy un demonio.
–Creo que pasas demasiado tiempo con los humanos y disfrutando de sus creaciones –declaró señalando al libro que reposaba en la barra–. Quizá te estás volviendo bueno, quizás no debas de volver a salir del círculo en el que vives.
–Piensa lo que quieras –respondió con un deje de ira.
–Veremos como te portas con el resto de los encargos, los de abajo te están observando, Azremet.
Belisar desapareció dejando un olor sulfuroso que apenas resaltó sobre la pestilencia habitual de aquel local. El resto de la noche la dedicó a cumplir con su trabajo diligentemente bajo la siempre atenta mirada de los gatos negros. Cuando la última alma ya estaba decidida a caer en un pozo de avaricia que le llevaría a la ruina moral absoluta, Azremte saludó cortésmente al gato que le miraba en ese momento. El infernal felino pareció asentir conforme y, como si nunca hubiera existido, se desvaneció.
Entonces la ficha de trabajo comenzó a vibrar, se acababa el turno de noche, debía volver a sus estancias y descansar. Seguramente lo llamarían para hablar sobre su trabajo reciente. Tiró la ficha de control al suelo, así como todo lo que pertenecía intrínsecamente al infierno y se alejó del mundo habitado.
En el siglo dieciséis había sido tan feliz, rememoraba mientras observaba el sol del medio día desde su cabaña en la montaña. Habían pasado ya cinco años desde que se alejase del mundo demoniaco y estaba casi seguro de que ya no le buscaban. Sin estar en contacto con humanos era muy difícil que alguien de cualquiera de los dos bandos lo encontrase. Los dos bandos, maldita estupidez. Estaba seguro de que el fin del mundo y todo aquello del apocalipsis era parte del plan divino del Creador, pero nadie más parecía darse cuenta de que Dios era un niño jugando con una reglas que improvisaba sobre la marcha. Todo era una broma absurda y aquella lucha de las almas era una mentira que todos se habían creído. Sin embargo, Azremet esperaba hacer algo mejor.
–Estrasburgo, mil quinientos dieciocho –dijo en voz alta.
Sonrío como un niño al recordar aquel maravilloso acto, cientos de personas bailando sin control, contagiándose el baile de unos a otros. Siendo felices en la libertad del movimiento absoluto. Para su desgracia todo lo bueno tenía que ser corrompido así que el mismísimo Lucifer se manifestó ante él y cosechó aquellas almas. Por su puesto el demonio no tenía el mismo plan que su jefe. Él solo quería bailar y al final lo que hicieron fue contarlo como una maldición y terminar con ello. Había provocado otros juegos incluso alguno involuntario. Todos se los habían interrumpido hasta el punto de no dejarle acercase a humanos con pensamientos de danza. Era desesperante, angustioso, el mundo en que vivía era bicolor, blanco y negro, luz y oscuridad, cielo e infierno, pero él sentía otros colores, otras maneras. ¿Qué más daba si todo aquello era parte del plan divino?
Recordó la muchacha de su última noche de trabajo. Quería ser médico y tenía muy buenas cualidades para ello, nada de eso interesaba a Azremet, en cambio, su pasión por el baile era lo que llevaba siglos esperando. Había dedicado buena parte de esos cinco años a entablar una relación con ella a través de las redes sociales. Quería llevarla a su terreno, no podía ser por medio de la corrupción habitual o el infierno se daría cuenta. Su afición a pasar tiempo en la Tierra le permitía conocer la tecnología humana y la base de sus relaciones. Al comienzo se presentó como un aficionado a su trabajo. La joven era una médico recién licenciada a la vez que una talentosa bailarina que había ganado competiciones nacionales. Poco a poco logró ser una especie de amigo virtual, un apoyo en malos momentos y un fan incondicional. Aquella tarde se conocerían en persona en una cafetería de Estrasburgo. No solo sería su primer contacto físico sino también el fin del aislamiento voluntario de Azremet. Estaba seguro de que no darían con él, pero tenía miedo a que de nuevo los de abajo quisieran evitarle el placer.
Pese a ser el primer encuentro la conversación fluyó igual de bien que en las redes. Azremet espero hasta asegurarse de no percibir ni el más mínimo olor a azufre ni la presencia de ningún felino, entonces lanzó su propuesta.
–Tengo un dinero ahorrado por la herencia de mi padre. Quiero proponerte abrir una academia de baile.
–¿Qué? ¿Cómo? –los ojos de la mujer parecían salir de sus órbitas.
–Yo pongo el capital, y sería uno de los profesores. Tú serías la imagen y podrías dar las clases que quisieras en tu tiempo libre o hacer seminarios. Atraeríamos a la gente al baile a todos los estilos. Nos repartiríamos las ganancias, si va bien la cosa podrías vivir para bailar.
Jeanne se quedó paralizada unos minutos.
–Pero... yo no tengo dinero para... y acabo de licenciarme tendría que... y pondrías tú todo. No puedo aceptarlo.
–Claro que puedes. Mi gran amor es el baile y toda mi vida he estado atado a un trabajo que aborrecía, cuando te conocí supe que contigo podría hacer mi sueño realidad. Yo tengo el dinero, tú el nombre y la fama. Juntos haremos que todo el mundo baile, que se deje llevar por la magia de la danza.
–Es una locura, yo ahora iba a buscar un trabajo, ponerme la bata blanca. Tenía miedo de tener aún menos tiempo para el baile.
–Ahora no tendrías por qué ser médico, podrías dedicarte de verdad a lo que te gusta, siendo rentable. Incluso tus padres lo aceptarían, serías dueña de un negocio.
–No sé que decir, es demasiado.
–Sí, claro que es demasiado, se trata de cumplir nuestros sueños. Nos merecemos ese demasiado.
Jeanne cogió la mano de Azremet entre lágrimas. Un año después la escuela de baile Keller triunfaba en toda la región, estaban planteando abrir nuevas escuelas en otras ciudades. Jeanne no había llegado a ejercer la medicina, sin embargo, tampoco había terminado robando.
La escuela tenía un aura especial. Estaba ubicada en medio de una acera con vistas a una concurrida plaza. Todo el que pasaba por delante comenzaba a llevar el ritmo de la música que apenas se oía fuera de la escuela.
No muy lejos, en medio de la plaza, sentados en un banco frente a la escuela un archidemio y un arcángel conversaban. Los transeúntes veían a un gato negro compartir rincón con una paloma blanca.
–No podemos hacer nada –dijo entre ronroneos el archidemonio.
–Pero si es de los vuestros –gorjeó el arcángel.
–Rompió los lazos
y tampoco podemos juzgarlo no está ha
ciendo nada bueno. Incluso
alejó a esa mujer de vuestra influencia. ¿No podéis atacar
vosotros?
–No tenemos ninguna escusa. No está haciendo el mal. Ella no salva vidas como era nuestro plan, tampoco es una delincuente como lo era el vuestro. Parece que hace feliz a la gente sin acercarlos a un bando o al otro.
Guardaron silencio durante un buen rato.
–Así que ahora tenemos otra maldita competencia, menuda mierda –sentenció en archidemonio.
–No lo podría haber expresado más claro ni queriendo –respondió el arcángel mientras sus pies se movían al ritmo de una música cuyo origen desconocía.