—Repítelo de nuevo —pidió Chase a su compañera.
—El presidente vendrá dentro de dos semanas —repitió Phebe con una sonrisa.
—Aún no me lo creo.
Chase figuraba como líder del proyecto, pero ambos estaban a la cabeza. Llevaban muchos años y por fin estaban logrando grandes avances en la levitación gravitatoria.
—Tenemos que tener listo el prototipo —dijo Phebe.
—Dos semanas, dos semanas, dos semanas… Eso es muy poco tiempo —Chase nunca había sido bueno ocultando los nervios, pero tampoco le bloqueaban.
—Vamos muy avanzados, solo hay que apretar un poco.
—¿Apretar? No, vamos a tener que exprimirnos, espero que no tuvieras pensado dormir estos días.
—Tampoco será para tanto.
Y tanto que lo fue y no solo para ellos. El equipo constaba de veinte personas entre ingenieros, físicos y matemáticos. Chase fue quien dio con las claves de la levitación y por ello se le concedió el liderazgo del proyecto, pero a esas alturas todos eran fundamentales. El presidente llegaría para comprobar si tantos millones habían servido de algo. Si lograban la levitación gravitatoria no solo sería un hito en la ciencia de toda la galaxia, sino que también salvaría aquella pequeña nación. La guerra de la Gran Alianza contra el imperio robótico de la ODC estaba llegando a su fin y ya se preveían las guerras que vendrían después. Aquella nación humana era pequeña, con viejas rencillas con todos sus vecinos y sin nada que aportar en una negociación. Aquel proyecto podría suponer la gloria de su pueblo y Roush lo sabía perfectamente.
Destacaba más por su físico que por su mente. Era el más alto del equipo, tenía el pelo cobrizo y los ojos verdes esmeralda resguardados tras unas gafas. Siempre había sido tímido pero muy trabajador, uno de esos elementos fundamentales en un buen equipo. No sería el genio que diese con la clave, pero era más constante que ninguno. Cuando Roush oyó por casualidad la conversación entre sus jefes directos un escalofrío le recorrió la espalda, el final estaba más cerca de lo que pensaba. Tenía que prepararse y trabajar como nunca.
Faltaban solo tres días cuando se habían encontrado con el último muro, o al menos parecía ser el último obstáculo.
—En tres días señores, —el tono de Chase indicaba el cansancio y la desesperación más que sus ojeras—. En tres miseros días nos llega el presidente y lo único que podemos enseñarle es un juguete infantil de corta duración.
—Descansemos —dijo Roush con su suave tono de voz.
—¿Qué has dicho?— preguntó Chase, creyendo que lo había malentendido
—Descansemos todos, solo hoy. Dejémoslo, vayamos a nuestras casas. Nuestros cerebros están bloqueados no vamos a dar con la clave en este estado.
—Creo que tiene razón —dijo Phebe.
—Para nada, estáis locos ¿a tres días vamos a irnos de vacaciones? —Chase no podía creer que su compañera opinara igual.
—Llevo semana y media sin salir de este edificio, o salgo por la puerta o salto por la ventana —sentenció la propia Phebe.
—Está bien, quien quiera que descanse, tenéis el día libre. Mañana os quiero a todos frescos y descansados.
El grupo, agotado, se levantó al unísono con un coro de cansados quejidos.
—¿Te llevo a casa, Chase? —pregunto Phebe
—Yo me quedo.
—Nos vamos a ir todos.
—Me da igual. Soy el capitán, yo no puedo abandonar el barco.
—No lo estamos abandonando. —Llámalo como quieras.
—A veces eres agotador —suspiró—. Hasta mañana, Chase.
El hombre no respondió, siguió mirando la pantalla de su ordenador intentando dar la vuelta a unas fórmulas que había visto miles de veces.
Roush llegó a su apartamento agotado y se duchó, tratando de recuperarse del inmenso esfuerzo que aquel trabajo le estaba suponiendo. Estuvo tentado a relajarse del todo, pero no podía arriesgarse a que todo se fuera al traste. Solo quedaban tres días, nada más.
—Te lo debemos todo a ti, Roush —dijo Chase rodeándole los hombros con el brazo.
—No es para tanto, apenas he aportado al proyecto.
—No seas modesto el testeo es necesario y fue tuya la idea del descanso.
—Bueno, yo estaba muy cansado también —dijo Roush escondiendo la cabeza.
—Pero has salvado el proyecto —dijo Phebe—. Creo que mi esposa aún está asustada de como me levanté en mitad de la noche y empece a escribir.
—De eso sí que no quiero tener la culpa.
—Pues también la tienes —respondió entre risas Phebe.
—Callaos por favor —pidió Chase recuperando su seriedad característica.
El vehículo era de buen tamaño y le habían puesto una importante carga. Primero se encendió el motor y aquel zumbido eléctrico llenó el silencio. Todos contuvieron el aliento. Era la prueba final. Aún faltaría meses de testeo para descubrir y arreglar todos los fallos, pero si aquello salía bien habían logrado el hito de sus vidas. El vehículo comenzó a temblar ligeramente, poco a poco se elevó, se separó del suelo, hasta estabilizarse a un palmo del mismo.
—Vamos allá —dijo Chase mandando las órdenes desde su pad.
El vehículo avanzó, poco a poco, pero sin temblar y sin volver a tocar el suelo. Comenzó a ganar velocidad y llegó a la primera curva del circuito de pruebas. La superó con suavidad. Aún contenían el aliento, querían ver si completaba la otra parte. El vehículo aceleró en la recta sin perder distancia con el suelo, sin estrellarse contra el mismo ni salir despedido por los aires. Algunos ya comenzaban a gritar y las lágrimas llenaban los ojos. Cuando el líder le dio al botón de frenar y el coche se detuvo mientras seguía levitando toda aquella energía contenida explotó.
Hubo abrazos, besos, llantos, gritos de júbilo. Lo habían logrado, todos lo habían logrado y hasta Roush se contagió de aquella emoción.
—Mañana viene el presidente —sentenció Chase— y tenemos algo que enseñarle.
—Pero viene tarde, hay que celebrarlo —dijo Roush.
—¿Quieres irte de juerga el día antes de que presentemos la levitación al presidente? —respondió Chase arqueando una ceja.
—Solo una copa, nada más.
Fueron a un bar de la ciudad más cercana. Aquellas instalaciones estaban alejadas de la población. La prometida copa se convirtió en varias rondas. Los meses o años de esfuerzo y tensión salían a la luz y todos celebraban, se abrazaban, cantaban. Poco a poco se fueron retirando, el día siguiente era el más importante de sus vidas. Por suerte habían empezado con la fiesta pronto así que cuando llegó la noche no quedaban muchos.
—Señores, yo me retiró. Como mañana no me presente Chase me mata —dijo Phebe tras pagar su parte.
Ya solo quedaban cuatro, eran Roush y sus tres compañeros más cercanos. Uno de ellos tenía un perfil similar a él, pero los otros eran los más jóvenes, recién salidos de la universidad con mucho talento y aún más ambición. Roush había reforzado los lazos con ellos en último mes y medio. Mucho más de lo que antes había hecho con su apocado carácter. Para ellos la celebración se alargó unas horas más y fue Roush, tras llevar él mismo la última ronda, quien dio el toque de retirada.
A la mañana siguiente prácticamente todo el equipo estaba en su puesto. Recibieron, con la cabeza bien alta y llenos de orgullo, las felicitaciones del presidente y de sus ministros. Los pocos miembros que no habían acudido fueron justificados, aunque todos sabían que eran los cuatro que más habían trasnochado el día anterior, les caería una reprimenda llegado el momento. Chase volvió a activar el vehículo, como había hecho el día anterior y previamente esa misma mañana. El presidente se asombró con solo ver la levitación estática. En cuanto pasó la curva con éxito el hombre ya parecía un niño pequeño con juguete nuevo. El vehículo comenzó a acelerar en la recta. Llegaba el momento decisivo y el líder del proyecto más importante para aquella nación sonrió lleno de satisfacción.
En cuanto Chase dio la orden de frenar todo el edificio se convirtió en una gran bola de fuego.
Un hombre de pelo cobrizo, con ojos verdes, gafas y muy alto entraba en el camarote de una gran nave de transporte. “En aquel momento estaría ocurriendo”, pensó. Todas aquellas personas que había conocido en el último mes y medio ya no existirían y el fruto de todos los años de trabajo de aquel equipo había volado por los aires. Comenzó a volcar los archivos de la levitación gravitatoria en su pad personal asegurando una segunda copia de seguridad. Ya no quedaban más copias de aquel proyecto.
Loven Baelcraft había sido contratado por el gobierno de Ranor, la mayor nación humana, para robar aquella tecnología y causar el mayor daño posible. Ni en sus mejores planes había pensado en atentar contra el equipo de gobierno. Aquella pequeña nación tenía los días contados. Toda la galaxia sabía que el fin de la guerra contra los robots solo era la antesala de muchas otras, aquel pequeño pueblo no tenía fuertes aliados y nada con lo que negociar.
Había sido un absoluto éxito de misión y su cuenta bancaria lo vería reflejado, aunque le importaba más la reputación que le generaría. Pero Loven era incapaz de sonreír, no pudo evitar pensar en Pat, Clir y Rash, aquellos que le habían acogido tan bien, les había drogado en la última ronda para que no acudiesen el siguiente día a trabajar. Pensaba también en Roush, cuyo papel había interpretado, fueron meses de investigación antes de elegir a quien suplantar. Debía ser alguien del equipo que investigaba la levitación, pero Loven carecía de los conocimientos para ello, en cuanto analizó a Roush se dio cuenta de que era ideal. Tenía notas y apuntes de como realizaba todas las operaciones y su trabajo básico era de testeo, además era alguien reservado y con apenas relaciones sociales, incluso vivía lejos de su familia. Lo había suplantado en el último mes y medio de proyecto. El apocado científico era el cabo suelto más importante de su plan así que fue la primera víctima y sus restos carbonizados aparecerían junto con los del resto de la explosión.
Loven suspiró y se estiró en la cama de su compartimento. Por fin había terminado y podía descansar del todo. Era como relajar un músculo que llevaba tanto tiempo en tensión que estaba entumecido. Poco a poco el pelo cobrizo comenzó a blanquearse, los ojos empezaron a volverse azules y el hombre se quitó las gafas, milímetro a milímetro la estatura descendía y la piel se tornaba del color del hueso. En cuanto la transformación se terminase Roush nunca volvería a existir y Loven Baelcraft llegaría a su hogar demostrando a su gobierno ser el mejor hombre que podían contratar para cualquier problema.

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