Abrí los ojos y te vi junto a mí. Estabas despertándote. Te di un beso. El mundo volvía a empezar. Puse la radio y una orquesta nos tocó nuestra canción favorita desde el salón.
Desayunamos besos mojados en café y tostadas untadas de caricias mientras el sol de primavera comenzaba a bailar en la ventana. Otro beso y nos cubrimos de amor para evitar la tristeza.
Mientras nos vestimos una nueva canción llena la casa y te saco a bailar en el salón del palacio imperial de nuestro amor.
El pequeño salón se queda solo añorándonos mientras salimos a la calle. Una vez en la gran ciudad el viento revolotea entre los mechones de tu pelo mientras compito con el Sol de la mañana por acariciar tu piel. Un beso nos sirve de vacuna para el largo día y nos separamos.
Te veo por el retrovisor doblar la esquina y tu falda se despide de mí. La pequeña y vacía ciudad vuelve a la normalidad. El viento cesa sin tener nada bello que abrazar y el Sol decide esperarte escondido tras una nube gris que pronostica el día.
Yo me agarró al sabor de tus labios y empiezo mi rutina diaria en un mundo monótono.
Pero a la vuelta apareces tú, sonriéndome. El Sol sale de su escondrijo y mi cara se ilumina con tu luz. El beso me sirve para recuerdo de la vacuna y evita que la rutina me infecte.
Subes cantarina por la escalera y tu falda me vuelve a saludar alegremente y, como una estrella fugaz, me guía hasta el paraíso.
Yo hago la comida mientras tú pones la mesa. La orquesta toca una nueva canción romántica y tú tomas el papel de solista angelical. La pasta envuelta en amor y con salsa de tus labios nos lleva al salón donde me libras del paseo perruno con un beso.
El hada de la vida nos ilumina una última vez cuando sales con nuestra fiera mascota, siempre tranquila, siempre alegre. Yo me quedo a soñar contigo y poco a poco esperar que todo sea real.
La luz se va sin despedirse y la noche descarada cae sin avisar.
Un sonido nefasto me devuelve a la realidad. Aún no has vuelto. Descuelgo al mensajero que segundos después se estrella contra el suelo. Corro a buscarte. Corro a besarte. Corro por mi vida y antes del coche una mancha roja arrastrada por el agua parte mi corazón.
La voz del mensajero se personifica en el doctor cuya blanca silueta trata de sujetar a mi cuerpo de muerte herido.
Mi cuerpo se rompe.
Mi alma desplomada escribe unas últimas palabras.
Un poema de amor para el viaje.
Un recuerdo para el corazón roto.
Un epitafio para la vida.
Un adiós para el Sol.
PD: Tras mucho tiempo he vuelto a leer esta carta y cuando la lágrima salada tocó mis labios comprendí que lo que se ama siempre palpita en nosotros y me fundí en la magia de la vida.
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