—¿Qué pueden hacer los mortales frente a las decisiones de los dioses?
El hombre era enjuto, redondeado y empequeñecido por la edad, no había nadie más sabio ni más anciano en todo el reino. Poseía una inconfundible marca en forma de espiral que le recorría todo el costado izquierdo, desde la cintura hasta la mejilla. Tenía tantos años que parecía que en cualquier momento moriría, en cambio cada mañana se levantaba con energías renovadas.
Todos los días se sentaba en la plaza del pueblo a media mañana. A su alrededor se congregaba un grupo de personas de lo más variado. Había muchos niños, jóvenes e inocentes criaturas que miraban con fascinación a aquel anciano. Había mayores como él, que les gustaba ver a aquel hombre plantear debates filosóficos que ellos mismos se cuestionaban por dentro. Lo que menos había era atareados adultos, demasiado pragmáticos para sentarse a hablar sobre cosas que no iban a poner un plato encima de la mesa. Aún así, siempre que se acercaban a la plaza prestaban atención al anciano mientras realizaban sus quehaceres.
—¿No se os ocurre nada? ¿Qué podemos hacer frente a los dioses?
—No podemos hacer nada —respondió un joven apocado.
—Claro que sí, podemos, somos dueños de nuestro destino —le respondió un muchacho enérgico.
—Pero no puedes desafiar a los dioses —dijo otro.
—¿Quién me lo impide? —preguntó, altivo.
—Son mucho más fuertes, no hay nada que puedas hacer, solo rezar porque no alteren tu camino —respondió el joven tímido.
—¿Y porque es malo que alteren tú camino? —preguntó el anciano.
—Bueno, no sé, si tú quieres hacer algo y un dios decide por ti, no puedes hacer nada. Tendrás que resignarte y sufrir las consecuencias —respondió el joven.
—Yo lucharía, no dejaré nunca que ningún dios decida por mi —dijo con fuerza el enérgico joven.
—Da igual lo que quieras, no puedes hacer nada si llega la ocasión —respondió uno de los niños.
—Tiene razón, lo mejor es seguir con tu vida cruzando los dedos para que no te toque a ti —dijo el tímido.
El silencio pareció sentarse como uno más en el corrillo de niños, cuando el valiente joven no supo como seguir con su perorata.
—Ambos tenéis razón —dijo un hombre a sus espaldas.
Portaba una gran mochila y una profunda sonrisa sobre su oscura tez.
—Un nómada —dijo el hombre mayor —siéntate con nosotros y cuéntanos de tus viajes.
—Podría hacerlo, honorable anciano, pero quiero responder a estos jóvenes que se debaten entre la resignación y el conflicto.
—Por favor —le invitó el anciano con un gesto.
—He viajado mucho en mi vida. Mi pueblo esta al oeste a muchas lunas de lento avance. Hace tiempo que decidí seguir el cauce de este río para ver a donde me lleva. Esa fue mi decisión, ser un nómada e ir a donde me plazca, a donde me lleve el sendero, o el viento, o el río. Observando pueblos y ciudades, valles y montes, cuevas y bosques. Compartiendo el alimento con animales y hombres por igual. Ese es mi camino y por supuesto que un dios puede aparecer ahora mismo y cambiar por completo mi ruta y mi vida, todas mis circunstancias. Pero lo que los dioses no pueden cambiar es mi esencia —dijo tocando con el índice el pecho del muchacho apocado—. Si un día llega un dios o la vida misma y cambia tu mundo por completo puedes resignarte y seguir el nuevo destino que parece que te han impuesto y dejarte arrastrar por la corriente o puedes luchar inútilmente por cambiar el sentido del río y que corra en la dirección que tú deseas —dijo mirando al joven valiente—. O puedes aceptar la nueva situación y si ahora el río te lleva en otra dirección siempre puedes remar para acercarte a una orilla o a la contraria, a un pueblo o a un bosque, o bajar hasta el mar. Pero siempre puedes decidir que hacer o que no hacer, eso no hay dios que lo modifique.
Un silencio respetuoso recorrió la plaza, solo interrumpido por el constante ruido de la catarata que daba fama a aquella ciudad.
Como si de una obra bien ensayada se tratase, los dioses se manifestaron de nuevo tras mucho tiempo sin hacerlo. El mayor llegó primero y tras él, su hija, la que más intervenía en los asuntos mortales.
La niña cogió una de las piedras de la orilla, era oscura y grande. El hombre cogió otra que le llamó la atención, era pequeña, clara, redondeada por el agua y tenía el fósil de un caracol en un costado. La niña tiró su piedra al río y soltó una carcajada al ver como saltaba el agua, cambiando por completo el camino y la ruta que tenía pensada aquella nómada y oscura piedra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario