sábado, 11 de septiembre de 2021

El niño y la sombra

Niño sombra

En aquellos tiempos llamaban a la isla de Aur la joya de Zaney. En su máximo esplendor el gran imperio humano había llegado a ocupar durante siglos aquella isla, siendo la más occidental de todas sus provincias y bañada por completo por el Mar de los Dioses, cuyo final, de existir, era desconocido. La isla era un lugar hermoso, de clima suave tanto en verano como en invierno, un lugar donde la fauna corría en abundancia y la tierra era fértil. Las frecuentes lluvias rara vez era intensas y mantenían con buen caudal las fuentes y ríos que bajaban de la ladera de la gran montaña que era el corazón de la isla.

En todas partes del imperio había amenazas, en el sur los humanos se aliaron con la Unión Izaler para hacer frente a los demonios negros de la Tenaza. En la provincia de Orcyr, la más cercana a la isla de Aur, los salvajes de las montañas atacaban sin cesar desde sus cuevas. Lejos, muy lejos, al oriente eran los propios pueblos humanos los que querían separarse de la corona gemela de los emperadores. Pero allí en la bella y paradisíaca isla de Aur el peligro era aún mayor y más difícil de combatir. Cada cierto tiempo las Sombras atacaban. Seres negros, formados de pura oscuridad que asesinaban a personas sin piedad alguna, tanto daba que fuesen nobles o plebeyos, ricos o pobres, hombres o mujeres, ancianos o niños. Cuando una Sombra aparecía alguien moría. Rehuían la luz, así que en las noches oscuras ardían fuegos y hogueras en todo pueblo o ciudad y las familias intentaban iluminar todos los rincones. Pero aquello era inútil, si una Sombra tenía un objetivo no había fuego que la espantase.

  Nada de aquello ocupaba la mente del niño que araba la tierra con su padre. Se llamaba Nithel pues se había extendido la costumbre de poner nombres extranjeros pensando así que las sombras no los atacarían. Los ausentes hermanos del muchacho eran prueba de que solo se trataba de una falsa creencia. La familia eran solo los padres y el niño. Ya no quedaban nadie más. Las fiebres del invierno se habían llevado a un niño de pecho y a su abuelo, las guerras del imperio se habían llevado muy lejos a los hermanos mayores y las Sombras habían acabado con el resto. Pero era el comienzo del verano, el sol brillaba en lo alto, el calor aún no era intenso, había mucho que trabajar y las Sombras habían atacado recientemente así que tardarían en volver.

Nithel era un niño apocado, tranquilo y callado incluso en su casa. Pasaba horas garabateando con un palo en la tierra, o rallando con piedras los muros. Había robado unos papeles y tinta hacía tiempo y aquello era su mayor tesoro. Sus padres le dejaban, aunque no entendían nada de aquellos símbolos, era su único hijo y aquello le distraía.

Fue aquel día de verano cuando todo llegó a su fin. Una voz le habló, venía de su mente, aunque no era suya. Era grave, suave y educada. La había oído otras veces así que hizo caso a lo que le pidió y fue corriendo a su casa, en busca de su tesoro.

Como si siempre hubiera estado allí bajo la copa de un viejo roble se materializó una capa de cuero negra. La más ancha que alguien podría imaginar y rellena únicamente por oscuridad. Comenzó a avanzar como si flotase hacia el hombre que aún no se había percatado de su reciente existencia. De la oscuridad surgió una espada plateada y el hombre no llegó a emitir sonido alguno. La madre corrió a ayudarle, pero la recibió la misma espada que había acabado con su amor.

Cuando Nithel salió de nuevo de su casa se encontró con la Sombra frente a él.

¿Has cogido lo que te pedí? —dijo la Sombra con una voz que parecía un chirrido encerrado en un susurro.

Tú no me pediste nada —respondió el niño.

<<¿Me reconoces si te hablo así?>>, preguntó la voz grave y amable de su cabeza.

¿Esa voz siempre has sido tú?

Siempre que la has oído —respondió con su desagradable chirrido—. Quería estar seguro antes de venir a buscarte.

¿A buscarme?

Vendrás conmigo al reino de las Sombras.

No puedo dejar a mis padres.

Aquí ya no tienes nada, me he asegurado de ello —dijo la Sombra apartándose para que el niño pudiera ver los cuerpos sin vida de sus padres. El joven no gesticuló, no gritó, no lloró.

Los has…

Matado, sí, bueno en verdad no. Podrás volver a verlos.

¿Cómo? —preguntó el niño en un susurro, pero no dejo que la Sombra respondiese—.
Vosotros no matáis, cuando atacáis a alguien en verdad lo convertís en una Sombra.

Un joven inteligente, era lo que me esperaba. Entonces entiendo que eso que llevas en la mano… 

El niño se había olvidado, pero entre sus brazos estaba aquel puñado de papeles que había robado, con símbolos pintados llenando todos los rincones.

Es mi libro de símbolos. Son palabras, solo yo las puedo leer y soy yo quien las escribe. Cuando las digo pasan cosas —Nithel recitó una frase y una llama comenzó a devorar los cuerpos de sus padres—. El fuego no se extenderá solo quemará lo que le dije que quemase.

Excelente… Es por eso que vine a buscarte, muchacho. Los antiguos llamaban a esas frases hechizos, sokiizel en la lengua más antigua de todas, todas aquellas palabras desaparecieron hace mucho tiempo. Pero por fin ha nacido alguien capaz de volver a domesticar la magia y a escribir en su arcana lengua. Y es por eso que quiero que vengas conmigo, veas mi reino y muchos otros. Quiero que seas poderoso y que compartas ese poder con tus aliados.

Necesito mucho poder —respondió el niño— estoy preparando una frase, un hechizo, que acabe con los demonios de la Tenaza. Por sus guerras se llevaron a mis hermanos.

Entonces decidido, vendrás conmigo, ¿cómo te llamas?

Nithel.

Detesto los nombres izaler.

Te acostumbrarás, Sdorolam.

¿Qué has dicho?

Así es como te llamas, eres el rey de las Sombras, Sdorolam, aquel que mora en la oscuridad.

Hace mucho tiempo que nadie pronunciaba mi nombre, nadie lo conoce, es de la lengua antigua.

La misma con la que hago mis frases, Sdorolam. También puedo decirte como morirás. —La sombra tembló bajo su capa durante un instante—. No eres inmortal, solo trece seres en toda la creación serán inmortales. Tú vivirás mucho, pero como la inmensa mayoría, morirás —dijo el niño sin mirar a la sombra mientras buscaba entre sus hojas. En cuanto lo encontró recitó el hechizo con fluidez y un portal circular se formó frente a ellos, al otro lado estaba más oscuro que en una noche sin luna—. Vamos, quiero ver tu reino de oscuridad —dijo el niño cruzando al otro lado.


No hay comentarios:

Publicar un comentario